"Cuando el miedo detiene la justicia y el poder escribe las reglas".
PERSPECTIVAS
Enrique Talamantes
5/28/20252 min read


En distintas partes del mundo, algo se está rompiendo. Gobiernos que ya no se conforman con gobernar, ahora intentan moldear universidades, juzgados, medios y cualquier espacio que funcione de forma independiente. En Estados Unidos, la batalla entre Donald Trump y Harvard ha encendido alarmas sobre el intento de condicionar el pensamiento académico. Pero no es un fenómeno aislado. En nuestro país, el poder judicial vive una reconfiguración silenciosa que ya afecta a quienes trabajamos dentro y, peor aún, a los ciudadanos que esperan justicia.
Esto no es sólo política. Es un síntoma global. Y sus consecuencias ya se sienten en nuestras manos, nuestros escritorios… y nuestros silencios.
1. La ofensiva contra la autonomía: Trump vs. Harvard
En abril de este año, el expresidente Donald Trump decidió congelar más de dos mil millones de dólares destinados a Harvard. ¿La razón? La universidad se negó a cumplir una serie de exigencias políticas: eliminar programas de diversidad, entregar listas de estudiantes "radicales", modificar su estructura ideológica. El conflicto escaló a tal punto que se impidió temporalmente la entrada de estudiantes extranjeros y se puso en juego la exención fiscal de una de las instituciones más influyentes del mundo.
Harvard respondió con una demanda. Y más allá del caso legal, quedó al descubierto una estrategia clara: si no piensas como el gobierno, te castigan. Un intento por subordinar el pensamiento al poder político.
2. El reflejo local: cuando los juzgados se apagan
Lo que más me preocupa es que esa lógica ya está aquí. En mi trabajo dentro del sistema judicial, vivo cada día las consecuencias de una reforma al poder judicial que ha generado temor, confusión y parálisis. Juzgados que deberían estar operando con normalidad hoy se reparten los asuntos, patean expedientes, aplazan audiencias… mientras los derechos de mis clientes —gente común— quedan en pausa indefinida.
Hay un clima de incertidumbre. Funcionarios que no quieren tomar decisiones por miedo a lo que vendrá después. Se están esperando nuevos nombramientos como si fueran fichas políticas. Y todo ocurre mientras gran parte de la población está más desconectada que nunca: no quieren votar, no quieren opinar, no alcanzan a ver que los tribunales detenidos son una señal gravísima de lo que está en juego.
3. El síntoma global: silenciar para controlar
Cuando dos sistemas tan distintos como el estadounidense y el nuestro muestran síntomas similares —presión sobre universidades, intento de control del poder judicial, castigo a la disidencia—, hay que dejar de pensar que se trata de casualidades o errores aislados. Hay una corriente global que busca convertir a las instituciones en extensiones del poder político.
Y cuando eso ocurre, se pierde todo lo que esas instituciones significan: pensamiento libre, justicia imparcial, pluralidad, progreso. Se pierde la confianza en que el sistema puede funcionar más allá del gobierno de turno.
Conclusión:
Los gobiernos cambian, pero las instituciones deben resistir. Si nos acostumbramos a que la justicia se detenga por miedo, o que la educación se moldee al gusto del poder, estamos cediendo lo más valioso que tenemos como sociedad: el derecho a disentir, a pensar y a construir sin permiso.
Hoy, en distintas partes del mundo, el poder quiere más de lo que le corresponde. Lo que hagamos —o dejemos de hacer— marcará el rumbo de las próximas generaciones.
Y en medio de todo, hay personas esperando justicia que no llega…
y nadie parece alarmado.
Firma:
Enrique Talamantes